Desde los comienzos de las escuelas, o incluso mucho antes, se ha relacionado la profesión docente con el aspecto “vocacional”, uniéndola a la idea de que para ser profesor se debe nacer.

Por Irene González, profesora de educación infantil y psicopedagoga en Alicante, España | Autora del Blog “El Alma de mi Aula”.

Fueron los religiosos, en las primeras instituciones educativas, los que arropados con el origen religioso de la palabra “vocación” entendido como un llamado de Dios, ejercían la enseñanza, caracterizada por el altruismo que en la misma definición de “apostolado” se entendía como evangelizar, enseñar públicamente “tocado” por lo divino.

Más adelante, y dando saltos en el tiempo para no extenderme, fueron las mujeres las que desempeñaron esta tarea, justificando dicho cambio en primer lugar porque ellas criaban a los hijos. También, porque se les podía pagar menos. Y por último, porque la docencia era concebida como una labor de mera transmisión del conocimiento, se creía que la escuela sólo “reproducía” el saber.

Sin embargo, a golpe de investigaciones pedagógicas, reflexiones de docentes, psicólogos y muchos otros especialistas implicados en la educación, y sobre todo con el intento de profesionalizar la docencia como una profesión lejos de aspectos altruistas y sexistas, hemos llegado a la conclusión de que en la docencia no es todo “nacer para ser”.

Por lo tanto, abandonada la idea de que por ser cura debes enseñar, o por ser mujer conoces más este trabajo, propongo una dualidad de ideas…

• Por un lado, hablar de una “vocación” latente en la persona, que desde los primeros años surge, exteriorizándose en juegos simbólicos, intereses, hobbies, voluntariados y finalmente en la toma de decisiones acerca de su futuro. Este tipo de vocación/atracción temprana describe a una persona extrovertida, creativa, con capacidad de trabajo en equipo y con grandes habilidades de socialización, como por ejemplo comunicación y empatía (factores imprescindibles para la enseñanza).

• Por otro lado, cabría mencionar la “vocación” no temprana, que aunque está latente, no se manifiesta hasta más adelante, quizás incluso pasada la adolescencia. Hasta el momento en el que, bien por experiencias vividas o por toma de decisión, el futuro profesor se inclina hacia un gremio, el cual tiene una actividad que le atrae, motiva y cree firmemente que puede desempeñar.

Así mismo, tanto de una forma u otra, el futuro profesor nacería con ciertas aptitudes relacionadas con la docencia, pero no por ello deberá ser profesor sin antes “hacerse”.

Ineludiblemente, esta parte “natural” se debe complementar con la formación académica, respondiendo a todos y cada uno de los aspectos relacionados con los procesos de enseñanza/aprendizaje, conocimientos específicos del desarrollo evolutivo del niño, las referencias de autores, pedagogos, y profesores destacados sobre didáctica y, principalmente, con un programa de prácticas bien estructurado y justificado (nunca podrás abordar una dificultad de aprendizaje, sin conocer su fundamentación teórica, por mucho instinto, ilusión, vocación o aptitud que poseas).

“Nacer con rasgos, habilidades, aptitudes y motivaciones vocacionales, y Completar lo intrínseco de mí, con una buena formación académica”.

… esta sería la combinación que nos daría la ansiada respuesta al título de la entrada.

La reflexión siguiente sería: esta aptitudes intrínsecas, si no las posees, ¿se pueden aprender?

Me niego a enumerar una lista de adjetivos como en muchos otros artículos que he podido leer, creo que es poco elocuente. Si el lector (docente) que me lea no tiene alguna de las características que yo comento… ¿es mal profesor? o ¿no debería haber elegido esa profesión? En fin, no tendría sentido, apuesto por el sentido común de todos aquellos que conocen profundamente la profesión y saben bien con qué “armas” desempeñar lo más dignamente su trabajo.

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