En este trabajo se presenta una breve reflexión en torno a (algunas de) las razones por las cuales una gran mayoría de los jóvenes que están por concluir su bachillerato deciden cursar una carrera profesional que les exija un menor esfuerzo intelectual, pues durante los semestres anteriores han cursado asignaturas orientadas bajo contenidos curriculares repletos de temas que en la mayoría de los casos los obliga a tener cierto grado de dominio en Matemáticas, Física, Química, Biología, etcétera, exigencias que no siempre resultan agradables para ellos.

Tendríamos que investigar en qué proporción influye en los y las jóvenes la problemática educativa actual de los países de América Latina en su forma de ser, actuar y pensar, pues seguramente las condiciones en que se encuentra la educación de su centro educativo —el lugar que ocupa antes y/o después de contrastar el desempeño y la eficiencia final de los educandos, así como el nivel cultural de sus académicos y el paradigma administrativo que han decidido seguir fielmente sus autoridades (director, subdirectores, jefes de área, administrativos, etcétera)— contengan una infinidad de aspectos y puntos críticos que muchos educandos han identificado durante la relativa evaluación —bajo criterios de mayor atención administrativa y un menor o casi nulo esmero académico— a la que puede someterse su institución educativa, es decir, cuidando a los distintos actores que participan durante el proceso de enseñanza y aprendizaje.

No debemos olvidar que la educación ha perdido terreno y reconocimiento entre los estudiantes —actores educativos primordiales en esta reflexión— en diversos campos del conocimiento, sobre todo en disciplinas que utilizan ciencias duras, situación que se agrava para quienes deciden negar todos aquellos valores culturales que es indispensable y urgente saber y que no toman en cuenta lo que pueden perderse por no seleccionar una carrera con amplio contenido de Matemáticas, Física, etcétera.  

Al problema anterior se suma la preocupación por el rumbo que está tomando el mundo laboral en la región latinoamericana, pues los alumnos se preguntan qué tan viable es estudiar con esmero y con la ilusión de que al final del camino los esfuerzos intelectuales se verán recompensados al conseguir un empleo que, en el mejor de los casos, abrirá oportunidades prometedoras.

La dinámica mundial es un elemento que las nuevas generaciones están tomando muy en cuenta para trazar un proyecto de vida, sobre todo si se trata de sus vidas, de sus propios sueños, de su futuro que no se ve tan prometedor y que más bien podría deprimir hasta a los mejor preparados.

Olvidarse de los problemas más graves por los que están pasando nuestros pueblos, mostrar indiferencia a las necesidades inmediatas de los y las jóvenes, sería el más grave error, pues parece que es aquí donde se encuentra una gran parte del desencanto y de los factores que influyen entre los estudiantes para elegir una carrera profesional.

Desde este punto de vista es razonable pensar que la tendencia de la masa juvenil crítica es recuperar las riendas de una educación superior útil para organizar universidades con agendas que incluyan los problemas sociales y culturales más urgentes de la época, situación que es posible a través de un giro a la educación formal que estaría en manos de nuevas y más justas políticas públicas.

Las Ciencias Sociales y las Ciencias Naturales pueden —juntas, no separadas—restaurar los mejores valores sociales que la escuela tiene a su cargo, siempre y cuando se le otorgue la autonomía suficiente para construir espacios de reflexión, sostenidos por una conciencia latinoamericana, procurando crear un capital cultural que contribuya de alguna manera a la superación de las diferencias culturales de tantos jóvenes desesperados por no encontrar una respuesta objetiva a sus exigencias y necesidades más inmediatas, como lo es el derecho a una educación pública.

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