Lo habrás leído más de una vez. En mi blog personal he reflexionado sobre ello.
También he escrito, específicamente, sobre alguno de los profesionales que trabajan en la comunidad educativa y que algunos –no es mi caso– situarían injustamente en su “periferia”. Por ejemplo cuando, siendo consejero de Educación, quise rendir homenaje a la figura del conserje del colegio.

E incluso fui más lejos (si nos referimos a todo lo que se pone en movimiento para que una Administración funcione –también la educativa–) cuando me acordé del chófer y el escolta del consejero.

Sé que son referencias, las últimas mencionadas o incluso la del conserje, que no habrán abundado en el análisis de qué nos ayuda a educar.

Educa la tribu, sí, pero cuando cualquier profesional de la misma cumple su tarea de manera impecable es interesante destacarlo. Porque la palabra convence pero el ejemplo arrastra. Y el ejemplo en el entorno educativo (en el que estaban quienes te he citado) es especialmente educador.

Primera educadora

Hoy quiero hablarte de una parte esencial de la comunidad educativa: la, con razón, denominada primera educadora: la familia. La que, como decía Goethe, debe dar a sus hijos raíces y alas.

Sobre ella pesa la primera responsabilidad de educar a sus hijos, deber que no puede delegar y al que no cabe renunciar. Sin perjuicio, obviamente, de que los profesionales de los colegios han de apoyar y complementar dicha labor.

La familia confía a la escuela lo mejor que tiene: sus hijos. Y los profesionales de la educación cuentan entre los pupitres de sus aulas, también, con su esencial razón de ser: sus alumnos. Y coincide que lo mejor de la familia (sus hijos) y de los maestros (sus alumnos) son las mismas personas.

Consulta la nota completa en: DameTresMinutos.wordpress.com

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