En realidad no existe ninguna evidencia o algún argumento bajo el cual demostrar que Shakespeare, o cualquier otro autor es “bueno”. Del mismo modo no hay manera alguna de demostrar que —por ejemplo— Warwick Deeping es “malo”. No existe ninguna prueba para el mérito literario excepto la supervivencia de la obra, lo cual es por sí mismo un catálogo hecho con la opinión de la mayoría. 

George Orwell, “Lear, Tolstoy and the Fool”

  Los alemanes tienen palabras compuestas para las cosas más raras, no es pues de extrañar que tengan este trabalenguas: “Wegwerfliteratur”, que significa algo así como literatura desechable.   Esta clase de literatura se clasifica bajo el pomposo término de best-sellers, una suerte de producto descafeinado, bajo en grasa, algo que podría hermanarse con el fast food. Y que en ciertos círculos críticos es ignorado de inmediato, ya por prejuicio, ya por experiencia.   Sin embargo, múltiples títulos que entran en esta categoría tienen méritos literarios propios para sobrevivir la crítica literaria más feroz, contienen interesantes reflexiones sobre la sociedad y están escritos con maestría. De hecho, ¿quién puede decir que es fácil escribir un best-seller? ¿Cuántos lo han intentado?   La escapista, de Brad Meltzer, es un ejemplo de este tipo de novelas. Nos presenta un misterio: ¿Quién es Nola Brown? ¿Está muerta? Un cuerpo que supuestamente pertenece a Nola Brown fue encontrado entre los restos de un avión que se desplomó misteriosamente al salir de una base militar.   El cadáver llega a la morgue de una base de la fuerza con Jim Zigarowski, el embalsamador y protagonista de la obra, quien descubre que es imposible que los restos que tiene frente a él sean los de Nola.   Al parecer Nola vio algo que no debía, lo que le ganó un enemigo que intentará mantenerla en silencio. Nola y “Zig” tendrán que exponer un secreto, un complot.   Brad Meltzer nos entrega una historia llena de emoción, adictiva, perfectamente escrita bajo los preceptos del género y que nos introduce a una aventura a través de personajes bien definidos. Zig, un tipo en el que su ocupación y su interior empatan a la perfección:  

no importa lo gordo, delgado, alto o bajo que seas, los órganos de todos caben en una cubeta de medio kilo. Por lo general, para Zig era reconfortante saber que todos teníamos eso en común. Aunque ahora mismo no le daba el consuelo que necesitaba.

[…]

Zig no llevaba fotos o recuerdos. Como trabajaba con los muertos todos los días, era profundamente consciente: uno no puede llevarse nada consigo.

 

Del otro lado están la figura de Nola y la hija fallecida de Zig, ambos unos espectros que van tomando forma conforme se desarrolla la trama.   Vargas Llosa escribió en “Elogio de la mala novela”:  

Rasgo curioso de la literatura contemporánea es que, en nuestros días, las malas novelas suelen ser más entretenidas que las buenas. En el siglo pasado -el siglo de la novela, precisamente- no ocurría así. Leer a Tolstoi, a Melville, a Stendhal, a Flaubert, significaba enfrentarse simultáneamente a apasionantes aventuras históricas, sentimentales, psicológicas y a audaces experimentos literarios, a novelas que eran capaces de congeniar la vieja vocación del género narrativo -hechizar la atención del lector hasta hacerle «vivir» la historia- con atrevidas innovaciones en el uso del lenguaje y en la manera de contar.

[…]

Para divertirse con una historia no es imprescindible creerla. Basta dejarse arrastrar por ella, someterse de buena gana a sus estratagemas y trampas, y, renunciando a la conciencia crítica, al pudor intelectual, al hielo abstracto de la inteligencia, abrir la puerta a las reservas de sensiblería, impudicia, exceso, truculencia y hasta vulgaridad de que todo hombre también consta. Inicialmente, la ficción fue creada para alimentar esos apetitos elementales y crudos del ser común, no los refinados del ciudadano culto (esa era la función de la poesía y la del teatro). Más tarde, con la ascensión del género a la cultura oficial, su forma se fue puliendo, complicando, y sus anécdotas enrevesando y sutilizando para expresar de manera más completa la realidad humana, esa infinita complejidad. Pero la naturaleza «plebeya», llena de impurezas, del género narrativo ha sobrevivido a todos los intentos de desbastarlo y vestirlo con los atuendo más elegantes de la lengua y la cultura.

 

Todos estos elementos de entretenimiento y arte confluyen en La escapista.

  La escapista Brad Meltzer 2019 Planeta  

Gil del Valle, editor az.

 

En realidad no existe ninguna evidencia o algún argumento bajo el cual demostrar que Shakespeare, o cualquier otro autor es “bueno”. Del mismo modo no hay manera alguna de demostrar que —por ejemplo— Warwick Deeping es “malo”. No existe ninguna prueba para el mérito literario excepto la supervivencia de la obra, lo cual es por sí mismo un catálogo hecho con la opinión de la mayoría. 

George Orwell, “Lear, Tolstoy and the Fool”

  Los alemanes tienen palabras compuestas para las cosas más raras, no es pues de extrañar que tengan este trabalenguas: “Wegwerfliteratur”, que significa algo así como literatura desechable.   Esta clase de literatura se clasifica bajo el pomposo término de best-sellers, una suerte de producto descafeinado, bajo en grasa, algo que podría hermanarse con el fast food. Y que en ciertos círculos críticos es ignorado de inmediato, ya por prejuicio, ya por experiencia.   Sin embargo, múltiples títulos que entran en esta categoría tienen méritos literarios propios para sobrevivir la crítica literaria más feroz, contienen interesantes reflexiones sobre la sociedad y están escritos con maestría. De hecho, ¿quién puede decir que es fácil escribir un best-seller? ¿Cuántos lo han intentado?   La escapista, de Brad Meltzer, es un ejemplo de este tipo de novelas. Nos presenta un misterio: ¿Quién es Nola Brown? ¿Está muerta? Un cuerpo que supuestamente pertenece a Nola Brown fue encontrado entre los restos de un avión que se desplomó misteriosamente al salir de una base militar.   El cadáver llega a la morgue de una base de la fuerza con Jim Zigarowski, el embalsamador y protagonista de la obra, quien descubre que es imposible que los restos que tiene frente a él sean los de Nola.   Al parecer Nola vio algo que no debía, lo que le ganó un enemigo que intentará mantenerla en silencio. Nola y “Zig” tendrán que exponer un secreto, un complot.   Brad Meltzer nos entrega una historia llena de emoción, adictiva, perfectamente escrita bajo los preceptos del género y que nos introduce a una aventura a través de personajes bien definidos. Zig, un tipo en el que su ocupación y su interior empatan a la perfección:  

no importa lo gordo, delgado, alto o bajo que seas, los órganos de todos caben en una cubeta de medio kilo. Por lo general, para Zig era reconfortante saber que todos teníamos eso en común. Aunque ahora mismo no le daba el consuelo que necesitaba.

[…]

Zig no llevaba fotos o recuerdos. Como trabajaba con los muertos todos los días, era profundamente consciente: uno no puede llevarse nada consigo.

 

Del otro lado están la figura de Nola y la hija fallecida de Zig, ambos unos espectros que van tomando forma conforme se desarrolla la trama.   Vargas Llosa escribió en “Elogio de la mala novela”:  

Rasgo curioso de la literatura contemporánea es que, en nuestros días, las malas novelas suelen ser más entretenidas que las buenas. En el siglo pasado -el siglo de la novela, precisamente- no ocurría así. Leer a Tolstoi, a Melville, a Stendhal, a Flaubert, significaba enfrentarse simultáneamente a apasionantes aventuras históricas, sentimentales, psicológicas y a audaces experimentos literarios, a novelas que eran capaces de congeniar la vieja vocación del género narrativo -hechizar la atención del lector hasta hacerle «vivir» la historia- con atrevidas innovaciones en el uso del lenguaje y en la manera de contar.

[…]

Para divertirse con una historia no es imprescindible creerla. Basta dejarse arrastrar por ella, someterse de buena gana a sus estratagemas y trampas, y, renunciando a la conciencia crítica, al pudor intelectual, al hielo abstracto de la inteligencia, abrir la puerta a las reservas de sensiblería, impudicia, exceso, truculencia y hasta vulgaridad de que todo hombre también consta. Inicialmente, la ficción fue creada para alimentar esos apetitos elementales y crudos del ser común, no los refinados del ciudadano culto (esa era la función de la poesía y la del teatro). Más tarde, con la ascensión del género a la cultura oficial, su forma se fue puliendo, complicando, y sus anécdotas enrevesando y sutilizando para expresar de manera más completa la realidad humana, esa infinita complejidad. Pero la naturaleza «plebeya», llena de impurezas, del género narrativo ha sobrevivido a todos los intentos de desbastarlo y vestirlo con los atuendo más elegantes de la lengua y la cultura.

 

Todos estos elementos de entretenimiento y arte confluyen en La escapista.

  La escapista Brad Meltzer 2019 Planeta  

Gil del Valle, editor az.

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