Lea las primeras páginas de Aprender con ‘big data’ (Ed. Turner)
Las propiedades del benceno, el esperpento en Valle-Inclán y la felicidad aristotélica están en su cerebro, aunque no lo recuerde. Se enfrentó con estos temas en clase hace ya mucho tiempo, cuando cursó el Bachillerato. Aprobó. Quizá con suficiencia o apuros, quizá con codos o chuletas. Pero aprobó.

Ahora es un adulto que juega a las probabilidades. Hay que tomar la decisión de elegir en qué colegio estudiará su hijo de tres años con la presión de quien teme errar en algo importante. Afortunadamente, cuando a ella o a él le toque encontrarse con el benceno, Valle-Inclán y la filosofía de Aristóteles lo hará en mejores cond6iciones que cuando lo hizo usted. Va a aprender a mayor velocidad y mejor. La razón no es que su hijo sea más inteligente, sino que estará dopado con big data.

Este apoyo, que consiste en la recolección y análisis de ingentes cantidades de datos para obtener conclusiones concretas, encarna el grado más alto del poder de la información. Se trata de una herramienta que permitirá saber a qué hora su memoria rendirá con mayor eficiencia, qué lección del temario se atraganta más y por qué y, además, su desarrollo va a calificar más justamente tanto a alumnos como a centros educativos.

El mundo vive en la antesala de la mayor revolución de la historia en la Educación. Un campo que, al margen de elementos tecnológicos o disciplinarios, no ha sufrido reformas profundas en mucho tiempo. Si su bisabuelo entrara en un aula quedaría mucho menos impresionado que si visitara un hospital o un centro comercial. Las pautas que rigen el sistema educativo se mantienen: se evalúa el trabajo de los estudiantes y les hacemos responsables de sus resultados. Sin embargo, rara vez se mide cómo se enseña, porque analizar y comparar toda esa información es imposible con métodos convencionales.

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