Hablar de retratos de víctima y acosador en el fenómeno del acoso escolar puede resultar confuso y llevar a la errónea idea de que en la infancia hay niños que poseen unas características que los van a convertir en acosadores de otros y que, a su vez, hay otros niños destinados a ser víctimas.

Esta imagen contrasta con lo que sabemos del acoso escolar. Es un fenómeno que se da al instaurarse un patrón conductual y relacional en el agresor. Este le resulta eficaz para obtener popularidad o un estatus superior entre su grupo de iguales, y por esta razón lo mantiene. Por tanto, podríamos decir que los agresores aprenden y mantienen este tipo de conducta porque les funciona entre su grupo para alcanzar sus objetivos.

Rasgo físico diferente

Por otro lado, las víctimas son compañeros que en ocasiones tienen algún rasgo distintivo relacionado con su aspecto, actitud o funcionamiento académico que llama la atención del agresor y suelen carecer de habilidades para enfrentarse a él y salir del acoso. Tan dinámico resulta este fenómeno, que en muchas ocasiones las víctimas adoptan el papel de acosador repitiendo un patrón conductual vivido.

Desde la psicología intentamos buscar respuestas que nos ayuden a entender las causas que hacen que algunos menores se vean implicados en este fenómeno y otros no. Las encontramos en lo que llamamos factores de riesgo. Estos se refieren a determinados aspectos que hacen a algunos menores mas vulnerables a verse implicados en el acoso escolar, sea como víctimas o como acosadores.

Los factores de riesgo del acoso escolar pueden ser de índole familiar, sociocultural y emocional o afectiva. Los más interesantes desde el punto de vista de la psicología y de la educación, por la posibilidad de intervención que nos brindan, son los relacionados con la inteligencia emocional de víctimas y agresores.

El papel de la inteligencia emocional

La inteligencia emocional, según Mayer y Salovey es la habilidad para percibir y valorar las emociones, comprenderlas y regularlas en una búsqueda del crecimiento personal y emocional. Una buena inteligencia emocional mejora nuestra capacidad de adaptarnos de manera adecuada a situaciones nuevas, inesperadas o amenazantes (como tantas a las que se enfrentan los menores en los entornos escolares).

Actualmente, sabemos que existen diferencias en las distintas dimensiones de inteligencia emocional entre las víctimas, los agresores y los menores no implicados en el fenómeno del acoso escolar.

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