La vía mexicana en la globalización educativa

Por Emilio Zebadúa* / Humberto Valverde**.

* Director de az y Última Instancia./** Maestro en Empresas Sociales y en Desarrollo Comunitario por la Universidad de Cambridge.-

Existe un amplio consenso sobre la necesidad de elevar la calidad de la educación en México. En este periodo histórico —de principios del siglo XXI—, el discurso sobre la educación en México se enmarca dentro del referente de la calidad. Por supuesto que entre los especialistas de la educación, incluida la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés) la calidad tiene, al menos, un significado concreto, tangible y, en ciertos casos, hasta medible. Lo que no está claro es que todos los actores del proceso educativo —aun coincidiendo en la necesidad de elevar la calidad de la educación— compartan la misma definición de dicho concepto o que estén de acuerdo sobre las políticas públicas que deban derivarse de las distintas definiciones conceptuales. Igualmente compleja es la cuestión sobre si la definición de la calidad educativa, aún más amplia, logra englobar de manera integral todos los aspectos a los que se dirige y todos los objetivos educativos que una sociedad —en un momento histórico particular— desea y busca. ¿Puede una política educativa —bajo el concepto de la calidad— alcanzar los fines tanto pedagógicos como económicos, sociales y hasta políticos que el modelo anterior (basado en principios distintos al concepto moderno de calidad) perseguía y que, además, logró con cierto grado de éxito, principalmente en la segunda mitad del siglo XX? El anterior modelo educativo gozó de un consenso distinto, pero igualmente amplio, entre los miembros de la sociedad y en actores políticos de la educación, sólo que en un momento de la historia social del país que ya ha sido superado.

La política educativa en el siglo XX, especialmente en la segunda mitad, se fundó en la universalidad y homogeneidad de la cobertura y los contenidos. Esto fue congruente con el proceso de desarrollo económico basado en el mercado interno, la consolidación de las clases media y trabajadora, y la unidad nacional. Por razones similares (aunque poco estudiadas), el modelo educativo del siglo XX entró en crisis, como lo hizo en forma previa y desfasada el modelo económico, en las últimas décadas del siglo pasado. Sin embargo, el sistema educativo no se reformó, ni a tiempo, ni con la profundidad suficiente, cuando se llevaron a cabo otras reformas estructurales en materia económica y política a fines del siglo XX, aunque  inicialmente se buscaron e impulsaron cambiosen la estructura administrativa y de contenidos desde 1992 , con el Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica (ANMEB).

A partir de la últimas dos o tres décadas —al menos—, las transformaciones económicas, sociales y demográficas en el mundo y en México, han socavado las bases materiales del sistema educativo vigente, volviéndolo obsoleto o insuficiente en la práctica. La globalización, en sus vertientes laboral y cultural (en lo que respecta principalmente a los medios de información y del conocimiento), exige modificaciones a los esquemas de aprendizaje, docencia e incluso de organización educativa. Y, por lo mismo, en México se ha abierto un debate necesario, indispensable, sobre el rumbo de la educación. Dicha discusión requiere espacios y canales de reflexión, así como diálogo con rigor académico y pluralidad de ideas. Los retos de cambio en el sistema de educación en México no son tarea fácil, tomando en cuenta que se asigna a la educación, entre gasto público y gasto privado, alrededor de 7% del Producto Interno Bruto (PIB), y que el sistema está compuesto por más de 30 millones de estudiantes distribuidos desde el nivel preescolar hasta posgrado, incluida la capacitación técnica para el trabajo, y que cuenta con aproximadamente un millón y medio de docentes e investigadores. Mientras que el sistema educativo tiene — en el aula— el centro de formación básico, la sociedad moderna es resultado de una multiplicidad de fuerzas e influencias culturales, educativas y de información.

El estudio de los procesos educativos debería evolucionar de poner al maestro en el centro del debate, a un modelo centrado en los alumnos, sus perfiles y sus necesidades. En pocas palabras, en su contexto y su estructura socio-económica. Así lo proponen la Unión Europea de Estudiantes (ESU) y la organización Educación Internacional (EI) en el proyecto Time for a New Paradigm: Student Centered Education , auspiciado por la Unión Europea.

Cabe notar que el desarrollo de este paradigma educativo, que se puede vincular con los trabajos de Dewey en los años cincuenta y con Piaget y el constructivismo, se desarrolla en el mencionado texto bajo una visión casi exclusivamente pedagógica y alrededor de lo que ocurre en el proceso educativo dentro del aula. Y no se detiene explícitamente a reflexionar con algún grado de profundidad en lo que sucede en el proceso educativo, sino afuera del salón de clases y más allá de la esfera escolar.

El primer eslabón de toda reforma educativa debería ser poner énfasis en el redimensionamiento del proceso educativo. Se debe entender como un proceso social complejo, que no se agota y mucho menos se circunscribe únicamente a lo que ocurre durante la interacción maestro estudiante dentro de un aula. Comprende una serie de estructuras y procesos psicológicos, económicos, culturales y sociales, que se conforman y desarrollan fundamentalmente fuera del tiempo y el espacio de las instalaciones y calendarios escolares. Esto ha sido reconocido por la OCDE, que en su publicación del año 2010 intitulada Programme for International Student Assessment (PISA) 2009 Results: Overcoming Social Background menciona —aunque sea tímidamente— que la estructura socioeconómica de los alumnos y de las escuelas, “parece afectar poderosamente su desempeño”.

Lo cierto es que el análisis comparativo de la educación de calidad apenas empieza, y que las comparaciones con base exclusivamente en rankings resultan ineficaces e incluso contraproducentes. Sin una visión integral del contexto en que se desarrolla la educación en cada caso particular no es posible diseñar y menos aún implementar las políticas públicas necesarias y adecuadas para elevar la calidad de la educación.

Quizás lo que alguna vez dijo Albert Einstein pueda ser una de las reflexiones más sensatas en el ámbito de casi toda reforma educativa: “Yo nunca enseño a mis alumnos, sólo trato de proveerlos de las condiciones bajo las cuales ellos puedan aprender”. Este principio debe regir el diseño de una política educativa que, de manera dialéctica, incorpore las condiciones económicas, sociales y culturales de México en una vía propia de reforma al sistema educativo.

Sólo así se podrán enfrentar los retos y oportunidades del mundo globalizado del cual México es parte. En dicho mundo, la calidad de la educación debe elevarse bajo una vía o fórmula eminentemente mexicana. Sólo considerando el capital social, propio y único de México, se podrá contar con una política eficaz y exclusiva.

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