En la última década, ha habido un estallido en el número de acuerdos de investigación entre empresas y universidades. Las empresas, que han estado reduciendo sus gastos en investigación preliminar durante tres décadas, han recurrido cada vez más a las universidades para que desempeñen ese papel, buscando acceso a las mejores mentes científicas y de ingeniería en dominios específicos. Y ante el agudo apoyo del Gobierno a la investigación académica y la creación de puestos para contribuir más con sus economías locales, las universidades han sido más receptivas.

En lugar de proyectos únicos, ambas partes se han interesado mucho más en forjar relaciones de colaboración a largo plazo. Sin embargo, ambas se enfrentan a obstáculos conocidos, especialmente cuando se trata de negociar acuerdos de no divulgación y crear un acuerdo maestro de investigación flexible pero constructivo que tenga en cuenta la posible propiedad intelectual (PI).

He visto cómo estas relaciones toman forma no solo en las ocho principales instituciones de investigación de Boston (EE. UU.), incluida la mía, sino también en todo el país. Lo escucho regularmente de administradores universitarios, jefes de fundaciones que financian investigaciones científicas y ejecutivos de compañías líderes. Y lo que oigo más a menudo es que ninguna de las partes quiere un modelo transaccional que requiera una negociación cada vez que se está considerando otro proyecto de investigación. En su lugar, quieren un modelo de relación: un modelo duradero y de cooperación que permita a las empresas asociarse con la academia de una forma que les permita estar continuamente conectados con la investigación inicial y acelerar la traducción de esa investigación en nuevos productos que impulsen el crecimiento económico. Esto es lo que eso implica.

Consulta la nota completa en: HBR.es

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here